lunes, 30 de enero de 2012

Yiya, la envenenadora que paso a la historia

Por PAULO KABLAN.- Hay crímenes que son silenciosos y pueden pasar desapercibidos, incluso delante de avezados investigadores. En ese rubro está la utilización del veneno. Es una forma tan cruel de matar que en el Código Penal, el homicidio por envenenamiento tiene una sola pena posible: perpetua.
María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte seguramente sabía a lo que se arriesgaba. Estaba casada con un abogado, quien aportó el apellido que la haría tristemente famosa: Murano. Yiya, tal como se la conoció en las crónicas policiales, nació un 20 de mayo, hace ya 81 años. Alta, rubia y buena nadadora, así la describían sus vecinos del departamento de la calle México, en el barrio porteño de Monserrat.
Yiya Murano decía tener buenos contactos e información porque era hija de un militar. Y a finales de los ´70 y en medio de la más brutal dictadura, esa familiaridad, para muchos, valía más que el dinero. La mujer les había dicho a sus amigas , una de ellas su prima, que sabía cómo duplicar rápidamente los ahorros. Martínez de Hoz era ministro de Economía del dictador Jorge Rafael Videla y la expresión bicicleta financiera se había puesto de moda.
Carmen Zulema del Giorgio Venturini, la prima, y las amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala le habían dado en total unos 300.000 dólares. Yiya les había firmado pagarés y les había prometido pagarles en cuotas mensuales los intereses del negocio financiero que, según les había prometido, iba a ser millonario. No era más que un fraude; una típica estafa que, en este caso, terminaría de una manera diferente.
En los primeros días del año 1979, las amigas estaban preocupadas. O más que ello: temían que Yiya, que les contestaba con evasivas y había comenzado a ponerse nerviosa por la plata, se quedara con sus ahorros. Ya hacía un tiempo que no recibían las cuotas mensuales que les había prometido.
El 24 de marzo de ese año, Venturini se desplomó de la escalinata de su edificio. La llevaron de urgencia al hospital, donde finalmente murió de un paro cardíaco. Las hijas de Carmen Zulema sospecharon. Lo hicieron cuando no encontraron un pagaré por 20 millones de pesos ley, que la mujer tenía en su casa. La deudora era su prima, Yiya, quien ese día estuvo visitando a su parienta. Y más aún intuyeron algo malo cuando el portero del edificio recordó que Yiya había llegado con un paquete de masas y se había ido llevándose un papel y un frasquito. La operación de autopsia fue concluyente: envenenamiento con cianuro.
La investigación continuó cuando se supo que otras dos mujeres, Nilda y Lelia, habían fallecido poco antes. Ambas también eran acreedoras de Yiya Murano. Por eso se ordenaron las exhumaciones de los cadáveres y las respectivas autopsias. El informe médico fue el mismo: restos de cianuro.
El 27 de abril de 1979, una comisión de la Policía Federal llegó al departamento de la calle México. Yiya atendió amablemente como siempre lo había hecho. Sabía que iban a llevarla presa. Sólo pidió unos minutos para arreglarse y buscar un pulóver, lo que le permitió el comisario a cargo del operativo. Ella, cabe aclararlo, siempre se declaró inocente, aunque no le creyeron. Ese mismo día se conocía la historia policial de la Envenenadora de Monserrat, lo que se transformaría casi en un mito.
En 1980, cuando estaba alojada en la cárcel de Ezeiza, sufrió una descompensación, por lo que fue derivada a un hospital. Tenía un tumor, el que le fue extirpado en el Pirovano. Ya recuperada, recibió una noticia mientras corría el año 1982: el juez de sentencia Angel Mercado la declaró inocente y ordenó su inmediata libertad.
Por entonces, el sistema judicial era escrito, no había juicios orales, por lo que la causa seguía su curso con apelaciones y presentaciones que se manejaban en el más absoluto hermetismo.
La Sala Tercera de la Cámara del Crimen porteña, finalmente, el 28 de junio de 1985 notificó el fallo final del caso Murano. En rigor, los jueces rechazaron un recurso extraordinario de apelación, por lo que la pena de reclusión perpetua quedaba firme.
Los diarios informaron con lujo de detalles el caso que, una vez más, conmovía al país. Y aunque cueste creerlo, también se destacaba en los noticieros que Yiya estaba prófuga. Concretamente, la Policía no la había encontrado ni en su domicilio ni en los lugares que frecuentaba.
Yiya estuvo unos pocos días prófuga, hasta que se presentó y fue directamente a la cárcel, donde permaneció alojada varios años. Primero fue una conmutación de la pena de reclusión por prisión perpetua y después la aplicación de la Ley del dos por uno. Por esas razones, en la década del ´90 a Yiya Murano le dieron por cumplida la pena. Cuentan que los jueces y empleados del Tribunal de Ejecución Penal que hizo el cálculo recibieron, como atención, una bandeja de masas finas que nadie atinó a probar. Hay quienes aseguran que se trató de una broma de mal gusto, de la que la envenenadora no tuvo nada que ver.
Yiya contó de todo. Dijo que tuvo más de cien amantes, que entre ellos había un ex ministro y un sindicalista muy importante. Y también, al insistir con su inocencia, aportó un argumento nuevo: un médico que había sido amante de ella por muchos años, al dejarlo, le había jurado venganza, culpándolo de los envenenamientos.
Pero aún habría un capítulo más en la historia de Murano. Se casó por tercera vez y se fue a vivir con él y con la hija de su nuevo marido, quien la echó de la casa cuando sospechó que la estaba envenenando. Yiya terminó en un geriátrico, debido a que ni su propio hijo, que se mudó al interior del país, creyó en la inocencia de su madre.
http://diariopopular.com.ar/dp001.php?nId=628052&src=NP

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